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El efecto sandía

  • Foto del escritor: Thallo
    Thallo
  • 11 jun
  • 4 min de lectura

Vos lo viste en todos lados. Yo lo vi en todos lados. Todos lo vimos en todos lados.


Y, sin embargo, la mentira cómoda en la gestión de proyectos sigue adelante. No sólo sigue: muchas veces funciona como una estrategia de supervivencia corporativa bastante exitosa. Nadie quiere quedar mal. Nadie quiere ser “el que trae problemas”. Todos necesitamos ese laburo, todos entendemos la situación en la que estamos y todos, en algún momento, elegimos patear una conversación incómoda para más adelante.


Ahora bien: ¿hasta qué punto?


Efecto Sandía | THALLO

Si compro una sandía, espero que sea verde por fuera y roja por dentro. Perfecto. Todo en orden. Pero cuando veo lo mismo un viernes a la tarde en una reunión semanal de proyectos, se me caen los pocos pelos que me quedan.


El proyecto venía “verde, verde, verde” durante semanas. Todo bien. Todo encaminado. Todo bajo control. Hasta que, de golpe, el viernes a las 5 de la tarde aparece la realidad: estaba rojo por dentro.


Y ahí viene la pregunta que nadie quiere escuchar, pero alguien tiene que hacer:


¿Por qué no avisaron antes?


Porque hoy es viernes. Porque todos queremos irnos un poco más tranquilos a casa. Y porque si algo está en rojo, necesito saberlo antes de que se convierta en incendio.


Un proyecto en estado rojo no es mala palabra. No es un pecado capital. Los proyectos pueden estar en rojo. Lo importante es poder verlo a tiempo y tener la madurez de decir: “Che, esto se me está yendo de las manos” o “Veo estos riesgos, por eso creo que necesitamos prestarle más atención a este punto”.


Eso es gestión real.


Lo otro es maquillaje.


Me encanta —y me preocupa bastante— cuando en una reunión alguien dice: “A este proyecto lo pongo en verde clarito” o “Está en un amarillo medio verdón”. Como si estuviéramos esperando un milagro cromático que lo convierta de rojo a verde por arte de magia.


Chicos, el milagro no ocurre.


Mi viejo siempre decía: “No me gustan las sorpresas, siempre me agarran con las manos abajo”. Y papá de boxeo sabe.


En gestión de proyectos pasa lo mismo. Las sorpresas no son simpáticas. Las sorpresas cuestan tiempo, plata, confianza y energía. Y muchas veces aparecen porque alguien eligió no decir algo cuando todavía se podía corregir.


La falta de honestidad no es buena onda. No es empatía. No es cuidar al equipo.


Evitar conflictos a tiempo es pura ineficiencia con modales.


Pero no confundamos. La verdad radical no es ser maleducado, gritonear en una reunión ni salir a repartir culpas como si eso fuera liderazgo. La verdad radical es otra cosa: es entender que la información honesta es lo único que hace que un proyecto pueda crecer.


Sin información honesta, no hay decisión.Sin decisión, no hay avance.Sin avance, sólo queda relato.


La verdad radical es poder decir “esto está trabado” antes de que el cliente lo descubra. Es poner un proyecto en rojo sin sentir que estamos confesando un crimen. Es mostrar riesgos cuando todavía hay margen de maniobra. Es dejar de dibujar reportes para patear la confrontación, esquivar el bulto o no quedar mal con el jefe.


Porque el problema de fondo no es el color del semáforo. El problema es la cultura que castiga al que dice la verdad demasiado temprano.


En muchas empresas, la gente aprendió que conviene reportar en verde hasta último momento. Verde compra tiempo. Verde evita preguntas. Verde deja pasar la reunión. Verde mantiene la ilusión de control.


Hasta que no alcanza más.


Y cuando no alcanza más, el costo se multiplica: se retrabaja, se improvisa, se corre, se desgasta al equipo y se toman decisiones tarde, con menos opciones y más presión.


A eso en Thallo le llamamos Efecto Sandía: verde por fuera, rojo por dentro.


La verdad radical viene justamente a cortar ese patrón. No para incomodar por deporte. No para hacer catarsis. No para demostrar quién tenía razón desde el principio. Viene para que el equipo pueda trabajar con la realidad sobre la mesa.


Y la realidad, aunque a veces moleste, siempre es más barata que la fantasía.


En proyectos, decir la verdad a tiempo es una forma de cuidar. Cuidar al equipo, cuidar al cliente, cuidar el presupuesto, cuidar la energía y cuidar la confianza. Porque cuando todos ven lo mismo, las conversaciones cambian. Ya no se discute sobre percepciones. Se decide sobre hechos.


Ahí empieza el trabajo serio.


Por eso, en nuestra forma de gestionar, el rojo no se esconde. Se trabaja. El riesgo no se maquilla. Se anticipa. El problema no se personaliza. Se ordena. Y la conversación difícil no se posterga hasta el viernes a las 5.


Si un proyecto está rojo, queremos saberlo. Si algo se está trabando, queremos verlo. Si una prioridad cambió, queremos decirlo. Si una decisión falta, queremos ponerla arriba de la mesa.


Eso no rompe la confianza. La construye.


Porque la confianza real no nace de decir que todo está bien. Nace de demostrar que podemos mirar lo que está mal y avanzar igual.


De eso vamos a hablar mucho en este espacio: de la cultura del miedo en las empresas, de los reportes dibujados, de los proyectos sandía, de las reuniones donde todos saben algo pero nadie lo dice, y de cómo empezar a cambiar esa lógica sin convertir cada conversación en una batalla campal.


La verdad radical no es agresividad.


Es respeto por el tiempo, por la plata, por el equipo y por el trabajo bien hecho.


Y si queremos que los proyectos avancen de verdad, más vale empezar por ahí.

 
 
 

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